El Enemigo de mi Enemigo (por Boris Milían)

By Boris Milián Díaz on

Ninguna persona con un mínimo de buen gusto y algo de respeto por sí mismo diría que el reggaetón es buena música. Tan siquiera se le puede dar esa clasificación. Mi problema con esa cosa no es que sea obscena, puedo vivir perfectamente con la sexualidad -ajena o propia- sin que eso me afecte. No es que sea violento porque, desde que tengo uso de razón, la violencia es algo que ha estado yuxtapuesto a la cultura en manifestaciones que nadie osaría cuestionar. Tampoco es que vaya a poner el grito en el cielo por el consumo que de este realizan los niños o adolescentes. ¿Por qué habría de hacerlo cuando no lo hacen los responsables legales de los implicados? Mi problema es que, sencillamente, es malo. Y, a pesar de ello, ha capitalizado los medios de difusión y gran parte de la industria musical en Cuba.

El reggaetón en Cuba no ha alcanzado popularidad porque sea un producto de calidad sino porque las políticas culturales cubanas se han lanzado a frenar otros estilos musicales que resultan más controversiales desde el punto de vista ideológico como el hip hop o el metal.

Si hace diez años -en plena Batalla de Ideas- existía algo como el MaximRock o el Festival de Rap de Alamar ambos han sido desarticulados por los pretextos clásicos de la falta de recursos que, en realidad, encubren la poca simpatía de los ideólogos del sistema hacia ellos además del fracaso que han sido las agencias creadas para restringirlos y en las que, difícilmente, se veían representados los intérpretes.

El reggaetón, en cambio, es bastante inocuo. Ni es contestatario ni su público políticamente comprometido. Y, a pesar de su falta de calidad musical, fue loado por quien quizás fuera el crítico de arte más conocido de Cuba a finales de la década del dos mil; el ya difunto Rufo Caballero. Tuvo, además, un amplio apoyo de los medios de difusión. Si sumamos a eso lo primario de su producción, que no requiere ningún tipo de habilidad musical, es evidente que aquella cosa se iba a regar como la pólvora.

El Decreto 349 va a eliminar la industria emergente del reggaetón, sobre eso no me quedan dudas, pero también va a servir como un arma política contra toda una nueva generación de artistas y músicos sin que, por ello, vaya a mejorar la calidad de la música hecha en Cuba. Más bien, todo lo contrario por cuanto a que va coartar la libertad creativa de los jóvenes talentos y abrir la puerta para todo aquel que sea políticamente correcto sin prestar atención al valor intrínseco de su obra. Se pudiera decir que los verdaderos culpables de la epidemia de mal gusto y obscenidad van a salir impunes de esto porque ya han llegado lo suficientemente lejos como para darse el lujo de la corrección política.

Lo verdaderamente deprimente de ello radica en el hecho de que lo único necesario para mejorar la situación es reactivar los espacios donde los jóvenes puedan hacer cosas diferentes sin fundamentalismos ideológicos que los restrinjan; donde puedan ser los verdaderos actores de la sociedad que quieren crear. Sin embargo reprimir y volver mártires a toda una sarta de mediocres es lo que el estado cubano piensa hacer.

NOTA: Para evitar confusión, debo aclarar que este articulo no fue escrito por mi sino enviado desde la Habana por el autor, que aunque no simpatiza con el reggaetón, tiene sus preocupaciones sobre la nueva herramienta. No he tratado el tema con profundidad pero si lo mencioné en este articulo y en una directa.

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